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La doble vida del que trabaja cara al público.

Tener un trabajo en el que tratas directamente con el público te hace llevar una doble vida frustante y maravillosa. Porque es que la puedes amar u odiar, disfrutar o aburrirte, reir o llorar, amar a la gente o planear lentamente una masacre en un centro comercial.

Porque es que hay de todo. Hay bueno o malo. Pero no puedes elegir. Gente que te llama por teléfono y que educadamente te pide cosas y te da igual dedicarle 20 que 50 minutos. Lo merece. Pero en otras llamadas a los 10 segundo empieza a ser un calvario. Y quieres colgar como sea. La persona que viene y te pide algo con delicadeza y respeto y te dan ganas de darle hasta tu ropa y gritarle ¡Os quiero!. Pero después viene otra persona y te pide por un simple clip de la manera peor imaginada y te da asco hasta mirarle a la cara. Esto va así. Viene como viene.

Y he repetido educadamente dos veces. Porque esto es lo que falta a la segunda vida. Educación. Hay personas que la educación se la dejaron en el trastero junto al polvo y las paletas de playa que ya no usas. Olvidada. Infravalorada. No querida.

Y así seguimos encarando a los dependientes como si fueran el genio de la botella, en el que si le rascas un poquito te concede tres deseos. Te cancela un contrato con un movimiento de dedo o te compra un chalé en la costa del Sol. Y no comprendemos que esa persona es un mandado de  un mandado de un mandado de un mandado. Y le pedimos obrar un milagro. Imposible. Pero le insistimos. Y como no nos puede satisfacer, le llamamos inútil y nos vamos enfadados. y acabamos con sus ganas de trabajar cara al público.

Y éste, cansado de aguantar la misma mierda siempre, decide repartir la mierda que se ha llevado entre otros trabajadores. Y así, en modo bucle.

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¿Manifestarme? Y una mierda.

Las manifestaciones han cambiado el mundo. Han representado ideas de cambio para un mundo mejor. La gente se echó a la calle para mostrar su descontento y gritar bien alto que algo no les gustaba.

Pero eso fueron otras épocas. La cosa ha cambiado. Se ha malinterpretado este término. Y, en mi opinión, la fractura de la sociedad ha pasado factura. Y las manifestaciones pagan parte la factura. Porque España funciona así. Si se quejan los agricultores, el resto calla. Si se quejan los ramaderos, el resto calla. Si se quejan lo ramaderos, los agricultores callan. Si se quejan los trabajadores de empresas privadas, los funcionarios callan. Cuando los funcionarios se quejan, los trabajadores de empresas privadas se rien y se quejan de los funcionarios.

Y entre uno y otros, la casa por barrer. Todos necesitamos a todos pero nadie aporta. Cada uno vive en su isla, con su vida, sus gustos, sus necesidades y sus costumbres. Pero forman un todo roto, con una fractura que divide el grupo. Esta fractura parece la envidia o las ganas de que le jodan a alguien que vive mejor que yo. Y así andamos, quejándonos en pequeños grupos. Y claro, cuanto menos voz, menos ruido.

Además, cómo no, la prensa quiere su parte. Por culpa de las dos partes (manifestantes y prensa) volvemos a dejar la casa echa una mierda. El típico “manifestante” (no tiene nada que ver con la manifestación, pero para la prensa cuenta) que aporta su granito de arena a la manifestación rompiendo unos cristales, mobiliario urbano o por qué no, añadir una nota de color a la “mani” quemando unos contenedores. Claro, esta gente no aportan nada. Ahora en la “mani” de los funcionarios y mañana en la de agricultores. Van rulando. Y hacen ruido, tanto como para atraer la atención de medios de comunicación y ésta, ignorantes como ellos solos, identificar la protesta con estos. Ceguera selectiva. Ven lo que quieren. Mientras, la queja queda guardada en el archivo y el fuego en primera plana. Y así sucesivamente. Más mierda en casa.

Pero claro, el manifestante tiene el derecho a mostrar su opinión en una huelga, amparado por la constitución. Pero ojo, también tiene el derecho a criticar y obligar a su alrededor a cumplir con la protesta. Aunque no estoy muy seguro que sea un derecho constitucional. ¿Qué protesto? Pues te corto una carretera. Así tú no llevas a tus hijos al colegio y mi vecino no puede llevar su perro al veterinario. Culpables todos ellos de que mi empresa me deba dinero. Si yo estoy jodido, tu debes estarlo también. Muy de moda en España también.

Y nada, aquí seguimos. Quejándonos de los recortes. Porque no hay suficientes proyectores en mi aula ni ordenadores suficientes para todos. Más o menos como en Etiopía (¿no?). Y salimos a la calle a quejarnos, a quejarnos amargamente de los recortes. Que nos recortan. Mucho. Y nos quejamos de los recortes hechos por gente que votamos hace 4 meses en las elecciones. Qué cabrones. Quién me iba a decir que estaba votando quedarme sin calefacción en el colegio. O que siendo becario no me paguen ni un duro.

Pero claro. Votamos por el cambio. Y nos han jodido a base de bien.

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Internet, devuélveme a mi profesor

Siempre he sido un ultra defensor de las nuevas tecnologías en clase, de que profesores y alumnos usen más y mejor lo que la tecnología nos brinda para facilitarnos las cosas. Hay herramientas gratuitas que pueden hacer la labor educativa entretenida, eficaz y ecológica.

Pero creo que se ha interpretado mal el concepto. En vez  de usarla como apoyo, se ha pasado a que las herramientas sean las que imparten la clase. Y esto lo estoy viviendo. En lo que estoy estudiando, hay días que la clase la da un vídeo de Youtube, siendo el profesor un mero espectador como los alumnos. Ni comentario previo ni posterior. Tampoco para ampliar información sobre un tema o amenizar la clase. No. Lo que debería explicar yo lo explica un vídeo. Eso sí, a final de mes la nómina la cobra el profesor, no el vídeo. Si youtube se llevara la parte salarial correspondiente al tiempo que el profesor deja de dar clase a favor de un vídeo de Youtube, esta empresa tendría más dinero que el top 10 de empresas más ricas del mundo juntas.

Y cuando se acaba el video, se acaba la clase. Da igual si es 20 minutos antes. El alumno se va al recreo y el profesor a casa. Todos ganan.

Pues eso. Devuélvemelo.

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Motivación universitaria exterminada por una mala docencia

reverendopeach:

Básicamente, la realidad del sistema educativo Español

Originalmente publicado en MI DIETA COJEA (Blog de nutrición, dietética, alimentación y ciencia):

Despiste claseHoy me ha vuelto a pasar, he agachado la cabeza y simplemente lo he encajado como otras tantas veces, no tenía ganas de discutir, probablemente me esté inundando de nuevo la desilusión…

Llevo años intentando engañarme a mí mismo, pienso y me digo mentalmente “son unos pocos docentes”, “no son todos así” pero ya van muchas veces. De nuevo, hoy, 80 personas se han puesto a copiar un texto que estaba proyectado en la pared; de forma simultánea podemos escuchar durante 60 minutos como una voz se limita a leer en voz alta esas frases, una vez, y otra segunda más despacio.

El rebaño lo copia, y pasamos a la siguiente diapositivia, los minutos se consumen poco a poco… otra hora desperdiciada, la oportunidad que nos brinda juntarnos casi 100 personas con algo de trayectoria en la espalda se esfuma. Un nuevo cartucho docente desperdiciado. Aburrir en una clase es…

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Me aburro.

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