Las manifestaciones han cambiado el mundo. Han representado ideas de cambio para un mundo mejor. La gente se echó a la calle para mostrar su descontento y gritar bien alto que algo no les gustaba.
Pero eso fueron otras épocas. La cosa ha cambiado. Se ha malinterpretado este término. Y, en mi opinión, la fractura de la sociedad ha pasado factura. Y las manifestaciones pagan parte la factura. Porque España funciona así. Si se quejan los agricultores, el resto calla. Si se quejan los ramaderos, el resto calla. Si se quejan lo ramaderos, los agricultores callan. Si se quejan los trabajadores de empresas privadas, los funcionarios callan. Cuando los funcionarios se quejan, los trabajadores de empresas privadas se rien y se quejan de los funcionarios.
Y entre uno y otros, la casa por barrer. Todos necesitamos a todos pero nadie aporta. Cada uno vive en su isla, con su vida, sus gustos, sus necesidades y sus costumbres. Pero forman un todo roto, con una fractura que divide el grupo. Esta fractura parece la envidia o las ganas de que le jodan a alguien que vive mejor que yo. Y así andamos, quejándonos en pequeños grupos. Y claro, cuanto menos voz, menos ruido.
Además, cómo no, la prensa quiere su parte. Por culpa de las dos partes (manifestantes y prensa) volvemos a dejar la casa echa una mierda. El típico “manifestante” (no tiene nada que ver con la manifestación, pero para la prensa cuenta) que aporta su granito de arena a la manifestación rompiendo unos cristales, mobiliario urbano o por qué no, añadir una nota de color a la “mani” quemando unos contenedores. Claro, esta gente no aportan nada. Ahora en la “mani” de los funcionarios y mañana en la de agricultores. Van rulando. Y hacen ruido, tanto como para atraer la atención de medios de comunicación y ésta, ignorantes como ellos solos, identificar la protesta con estos. Ceguera selectiva. Ven lo que quieren. Mientras, la queja queda guardada en el archivo y el fuego en primera plana. Y así sucesivamente. Más mierda en casa.
Pero claro, el manifestante tiene el derecho a mostrar su opinión en una huelga, amparado por la constitución. Pero ojo, también tiene el derecho a criticar y obligar a su alrededor a cumplir con la protesta. Aunque no estoy muy seguro que sea un derecho constitucional. ¿Qué protesto? Pues te corto una carretera. Así tú no llevas a tus hijos al colegio y mi vecino no puede llevar su perro al veterinario. Culpables todos ellos de que mi empresa me deba dinero. Si yo estoy jodido, tu debes estarlo también. Muy de moda en España también.
Y nada, aquí seguimos. Quejándonos de los recortes. Porque no hay suficientes proyectores en mi aula ni ordenadores suficientes para todos. Más o menos como en Etiopía (¿no?). Y salimos a la calle a quejarnos, a quejarnos amargamente de los recortes. Que nos recortan. Mucho. Y nos quejamos de los recortes hechos por gente que votamos hace 4 meses en las elecciones. Qué cabrones. Quién me iba a decir que estaba votando quedarme sin calefacción en el colegio. O que siendo becario no me paguen ni un duro.
Pero claro. Votamos por el cambio. Y nos han jodido a base de bien.
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