Relato: Yasir overseas

Relato con el que he participado en el concurso de Relatos Cortos de Nou Barris

Cada día lo mismo. Las mismas personas, las mismas caras, los mismos gestos, las mismas expresiones. Nada cambia, todo se repite día a día. Solo cambia la fecha, el tiempo, todo lo que no podemos controlar. Es irónico, lo que podemos cambiar nunca cambia. Trabajar en contacto con el público es tedioso, frustraste, y más si tu trabajo es vender seguros de vida en la oficina central de Barclays en Islamabad. Odio mi trabajo y odio a mis compañeros. La mayoría de empleados son como yo, Pakistaníes, aunque la compañía no se fio de darle el puesto de manager a un local y tenemos a un británico dando las órdenes. Mis compañeros son competitivos a más no poder. El mes pasado había un concurso de traslado a la oficina de Birminghan (UK) y hubo, literalmente, cuchilladas. Todos quieren salir de aquí, de esta vida de la marmota. Aparentemente reina la tranquilidad en la oficina, pero en realidad estamos pensando 300 maneras de pasarle por encima al que me hace la competencia para salir de aquí. 

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¿Manifestarme? Y una mierda.

Las manifestaciones han cambiado el mundo. Han representado ideas de cambio para un mundo mejor. La gente se echó a la calle para mostrar su descontento y gritar bien alto que algo no les gustaba.

Pero eso fueron otras épocas. La cosa ha cambiado. Se ha malinterpretado este término. Y, en mi opinión, la fractura de la sociedad ha pasado factura. Y las manifestaciones pagan parte la factura. Porque España funciona así. Si se quejan los agricultores, el resto calla. Si se quejan los ramaderos, el resto calla. Si se quejan lo ramaderos, los agricultores callan. Si se quejan los trabajadores de empresas privadas, los funcionarios callan. Cuando los funcionarios se quejan, los trabajadores de empresas privadas se rien y se quejan de los funcionarios.

Y entre uno y otros, la casa por barrer. Todos necesitamos a todos pero nadie aporta. Cada uno vive en su isla, con su vida, sus gustos, sus necesidades y sus costumbres. Pero forman un todo roto, con una fractura que divide el grupo. Esta fractura parece la envidia o las ganas de que le jodan a alguien que vive mejor que yo. Y así andamos, quejándonos en pequeños grupos. Y claro, cuanto menos voz, menos ruido.

Además, cómo no, la prensa quiere su parte. Por culpa de las dos partes (manifestantes y prensa) volvemos a dejar la casa echa una mierda. El típico “manifestante” (no tiene nada que ver con la manifestación, pero para la prensa cuenta) que aporta su granito de arena a la manifestación rompiendo unos cristales, mobiliario urbano o por qué no, añadir una nota de color a la “mani” quemando unos contenedores. Claro, esta gente no aportan nada. Ahora en la “mani” de los funcionarios y mañana en la de agricultores. Van rulando. Y hacen ruido, tanto como para atraer la atención de medios de comunicación y ésta, ignorantes como ellos solos, identificar la protesta con estos. Ceguera selectiva. Ven lo que quieren. Mientras, la queja queda guardada en el archivo y el fuego en primera plana. Y así sucesivamente. Más mierda en casa.

Pero claro, el manifestante tiene el derecho a mostrar su opinión en una huelga, amparado por la constitución. Pero ojo, también tiene el derecho a criticar y obligar a su alrededor a cumplir con la protesta. Aunque no estoy muy seguro que sea un derecho constitucional. ¿Qué protesto? Pues te corto una carretera. Así tú no llevas a tus hijos al colegio y mi vecino no puede llevar su perro al veterinario. Culpables todos ellos de que mi empresa me deba dinero. Si yo estoy jodido, tu debes estarlo también. Muy de moda en España también.

Y nada, aquí seguimos. Quejándonos de los recortes. Porque no hay suficientes proyectores en mi aula ni ordenadores suficientes para todos. Más o menos como en Etiopía (¿no?). Y salimos a la calle a quejarnos, a quejarnos amargamente de los recortes. Que nos recortan. Mucho. Y nos quejamos de los recortes hechos por gente que votamos hace 4 meses en las elecciones. Qué cabrones. Quién me iba a decir que estaba votando quedarme sin calefacción en el colegio. O que siendo becario no me paguen ni un duro.

Pero claro. Votamos por el cambio. Y nos han jodido a base de bien.

Once Brothers. Hermanos y enemigos.

Aquí dejo el documental completo que produció la ESPN y que emitió Canal+ en España. Habla sobre la amistad entre Divac y Petrovic, dos de los mejores jugadores de la historia en Europa, y como fue truncada por la guerra. Una obra de arte que hace que se te salten las lágrimas.

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Unas notas sobre Toledo

En la Hispania visigoda (siglos VI-VII) Toledo es probablemente la ciudad más activa, junto con Mérida. Toledo era sede de la capitalidad del Regnum Visigothorum y por tanto punto central y aglutinador del poder. Es lógico, pues, imaginar una gran actividad generada por la presencia de un aparato civil, administrativo, regio y eclesiástico. Toledo, al convertirse en capital del reino visigodo, debió sufrir importantes remodelaciones desde finales del siglo VI, puesto que la presencia del rey, de la corte y de una alta jerarquía eclesiástica, debieron obligar a planificar la organización del tejido urbano. El acontecimiento clave de este periodo en Toledo es la celebración de su Tercer Concilio en el año 589. Este es el Concilio clave en la historia de Hispania en la Antigüedad tardía. El Rey Recaredo lo convocó. Asistieron un total de sesenta y dos obispos procedentes de diferentes sedes, además de cinco vicarios y algunos nobles. La solemne congregación, celebrada en alguna iglesia toledana, comienza con una intervención real el 5 de mayo del 589 y, después de tres días de ayuno y oración, el día 8 se abre la sesión única, con la lectura del Tomo regio y la suscripción del mismo por parte de Recaredo y su esposa, Baddo, en la que se acepta el credo católico. A continuación se produce la abjuración del arrianismo por parte del clero y nobleza visigodos. Vuelve a hablar el rey a los obispos, se confirman los cánones y, por último, Leandro de Sevilla pronuncia su homilía, verdadera pieza literaria y retórica.

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